No se fía - De Diego Faturos, en Timbre 4

"No se fía" funciona como una cápsula temporal deformada, un recorte del pasado que, lejos de quedar atrás, insiste en filtrarse en el presente. La obra se sitúa en el eco de la crisis argentina de 2001, como estado latente. Como herida que no terminó de cerrar. Ese quiebre no solo desmoronó estructuras económicas, también expuso una identidad subterránea que ya existía. Una jerga, una forma de vincularse, una ética de la supervivencia. La marginalidad deja de ser borde para convertirse en centro, en lenguaje, en cultura. Y la obra trabaja desde ahí: desde quienes aguantaron, desde quienes siguen aguantando. El encuentro entre estas familias extendidas, ensambladas, forzadas, se vuelve un campo de convivencia donde todo ocurre al mismo tiempo. Violencia y ternura, necesidad y orgullo, tragedia y entusiasmo. No hay jerarquías morales claras, sino una coexistencia que refleja con precisión una pertenencia de clase que no se elige, pero se carga. La puesta encuentra en los detalles su mayor potencia. Cada personaje parece construido desde una historia previa que no necesita ser explicada, está en el cuerpo, en la forma de hablar, en los silencios, en lo que se omite. Hay una fidelidad notable a ese tejido social resquebrajado que, como puede, se remienda para seguir funcionando. No hay épica en ese gesto, pero sí una dignidad persistente. Uno de los aciertos más interesantes es la dosificación de la información. La obra no entrega una lectura cerrada, sino que habilita múltiples interpretaciones. Cada espectador arma su propia radiografía, completa los vacíos, decide desde dónde mirar. En ese sentido, "No se fía" no baja línea: expone. Y en esa exposición hay un trabajo a realizar como espectadores y detenerse en la sensación de estar frente a algo que no terminó. Algo que sigue operando, de manera silenciosamente ruidosa, en los modos en que nos vinculamos, en lo que confiamos y lo que desconfiamos, en lo que quedó de eso tan crítico. En cómo sigue vigente esa misma sensación veinticinco años después. Y es ahí donde la obra muestra que hay contextos que no se van, se transforman y exigen ser leídos.