La verdad de los mentirosos - de María Paula del Olmo, en El Camarín de las Musas

Arranca como algo que ya conocemos. Un cumpleaños. Cuarenta años. Pocas personas, vínculos cercanos, una intimidad que en principio abrazamos. Ese tipo de reunión donde todo pareciera estar bajo control porque “nos conocemos”. Y sin embargo, ahí mismo, en esa confianza, empieza a filtrarse o habilitarse otra cosa. No hay un giro brusco, es como una acumulación constante y aparentemente lógica. Historias pasadas que se reactivan, deseos que no estaban tan enterrados, pequeñas tensiones que encuentran el momento para decirse o para deformarse. La obra no apura ese proceso de dejarse ver, lo deja crecer rodeándolo de detalles y contextos de cada intérprete. Para que en ese crecimiento, lo que parecía anecdótico empiece a volverse evidente, actual, prohibitivo, límite y que en verdad eso siempre haya sido así. El motor está en el tiempo. En cómo cada personaje respira, espera, interviene. Hay una cadencia muy afinada que sostiene todo desde una organicidad que permite que incluso lo más retorcido se vuelva comprensible. No justificable, pero sí reconocible. En ese reconocimiento aparece algo de lo más interesante: la posibilidad de empatizar incluso con lo que, en otro contexto, rechazaríamos sin dudar. Porque si algo hace la obra es no dejar a nadie afuera. Ni a quienes están en escena, ni a quienes miran. El exceso, las crisis emocionales, el morbo, las tensiones sexuales, la mentira como mecanismo: todo entra en juego. Y en ese entramado, lo que se arma no es solo una situación puntual, sino algo más abarcativo. Una especie de síntesis de cómo aprendimos a convivir con ciertas formas de decadencia sin cuestionarlas demasiado mientras suceden, pero sí condenarlas cuando son expuestas. El humor aparece como alivio, pero lo interesante está en que es el mismo humor que habría en un cumpleaños de cuarenta en ese contexto. Porque lo gracioso, lo bizarro, no está para nada lejos de lo real. Al contrario: se le parece demasiado... si no es un calco de algunas realidades. Y creo que la obra se vuelve filosa y nos obliga a revisar desde dónde nos reímos, qué estamos validando cuando celebramos ciertas conductas, en qué punto dejamos de ser espectadores para volvernos cómplices. La puesta entiende muy bien ese recorrido. Hay un trabajo preciso sobre los tiempos y las acciones que permite que todo escale sin perder verosimilitud. Todo encuentra su momento, ya sea forzado por la situación o evocado desde un imponderable posible. Y en esa progresión, la naturalidad es clave: lo que pasa podría estar pasando en cualquier lado. Las actuaciones acompañan ese entramado con inteligencia. No buscan lucirse por fuera del conjunto, sino sostener el conflicto desde adentro, adaptándose a cada desplazamiento emocional. Hay histeria, hay capricho, hay complicidad. Pero sobre todo hay una construcción muy clara de ese tipo de vínculo donde la cercanía no necesariamente implica conocimiento real del otro. Y quizás lo más interesante no sucede durante la obra, sino después. Cuando lo visto empieza a reordenarse. Cuando aparece la incomodidad en la identificación. Cuando algo queda dando vueltas. Ahí es donde el material termina de hacer efecto: no en lo que muestra, sino en lo que activa para revisarnos.