La lengua es un músculo pero el lenguaje es un virus - de y con Diego Carreño con dirección de Leandro Aita, en El Camarín de las musas

La astucia y el compromiso que atraviesan esta obra se arraigan, ante todo, en una decisión clara: tomar el lenguaje como materia prima, exponerlo, desarmarlo y volverlo juego. El ludolingüismo aparece acá como ornamento y como deporte, como método y como puente directo con la audiencia. Desde el primer minuto se despliega un entrenamiento intensivo surrealista, absurdo y demencialmente preciso sobre las infinitas posibilidades del lenguaje y las alteraciones que sufre cuando comunica, cuando falla, cuando se contamina. El recorrido es vertiginoso y bizarro. A través del humor, la obra traza el mapa obsesivo de un personaje que lleva más de veinte años recluido, persiguiendo sin descanso una demostración que pareciera imposible: que el lenguaje es, efectivamente, un virus, tal como lo enunció William Burroughs. Pero acá la teoría se encarna como explicación. El escenario se vuelve laboratorio, delirio y trinchera. La interpretación de Diego Carreño es excepcional. Hay una entrega absoluta, un control del ritmo que es total, una inteligencia actoral que pone su genio al servicio de una retórica exquisita. Nos invita a internarnos en dimensiones recónditas donde todo parece catalogable, o donde todo alguna vez necesitó serlo. La obsesión por nombrar, clasificar y fijar sentido, se vuelve tan ridícula como profundamente humana. La obra apuesta a un humor liviano, rápido, inteligente, por momentos engañosamente sencillo. Sin embargo, la complejidad textual que la sostiene es alta y exigente. Lo notable es que esa densidad no pesa: nace menos de la palabra en sí que del cuerpo que la pronuncia. En Carreño la palabra no se dice solo con la voz, se actúa, el cuerpo no acompaña al texto: lo produce. Y es ahí donde ocurre algo inevitable, por más exagerado, delirante o extremo que sea el planteo, el reflejo aparece. Nos vemos ahí, atrapados en el virus que usamos a diario para entender, explicar, justificar y fallar. "La lengua es un músculo pero el lenguaje es un virus" no ofrece respuestas cerradas pero es al menos más abierta que la propia RAE. Ofrece exposición. Un recorte lúcido de que hablar no es inocente, de que comunicar es siempre una forma de contagio y que siempre tuvo un fin por detrás de la propia comprensión y necesidad. Y que, aún así, seguimos insistiendo en dominar. Porque no podemos y espero no queramos dejar de hacerlo.