Partido sorpresa - con dirección de Fiamma Carranza Macchi y Ana Schimelman, en Planta Inclán

Hay algo inquietante en reírse de una catástrofe social antes de descubrir que ya está ocurriendo. "Partido sorpresa" trabaja justamente en ese borde de pulso extraño, el lugar donde la sátira además es un diagnóstico. La obra toma como punto de partida un hecho real ocurrido en un pueblo de Finlandia en 2010, cuando un humorista ajeno al interés político consiguió convertirse en alcalde a través de un partido creado inicialmente como una broma. Pero el verdadero valor del material no está en reconstruir esa anécdota. Está en preguntarse qué condiciones hacen posible que una sociedad llegue a convertir una parodia en una opción de gobierno. Desde una tonalidad deliberadamente delirante, la puesta construye un universo donde lo absurdo nunca termina de ser absurdo. Lo ridículo aparece demasiado cerca de lo reconocible y tristemente actual. La risa surge de la sospecha de haber visto todo eso antes o ahora mismo. La reconstrucción de los partidos tradicionales, como caricaturas aisladas y estructuras vaciadas y viciadas de sentido, incapaces de representar lo que alguna vez prometieron representar son un regalo en el centro de la obra. La puesta observa cómo ciertos discursos se desgastan, cómo determinadas banderas pierden fuerza simbólica y cómo, en ese vacío, comienza a crecer cualquier cosa que se presente como novedad. También hay algo muy interesante en la manera concreta con la que se muestra que no siempre hace falta que quienes forman opinión crean en eso que impulsan. Basta con instalarlo. La televisión, las redes, los nuevos dispositivos tecnológicos y nuestra relación cada vez más dependiente con ellos aparecen como parte de un mismo ecosistema. La obra no insiste sobre esto, pero lo deja claramente explicitado. Y es difícil no pensar que muchas de las discusiones que parecían futuristas son más actuales que nunca: El futuro llegó hace rato. No hay una bajada de línea explícita ni una voluntad de ordenar la lectura. Hay una invitación constante a revisar qué mecanismos de cansancio, frustración o desencanto permiten que determinadas figuras emerjan y sean celebradas. En ese sentido, el humor funciona como alivio y como herramienta de observación. Las actuaciones sostienen con precisión ese equilibrio difícil entre el grotesco y un realismo reconocible. Nunca abandonan el código que propone la obra. Hay una enorme disponibilidad para el juego, para el cambio permanente de registro y para una construcción colectiva que aprovecha muy bien la cantidad de recursos escénicos que despliega la puesta. La doble dirección de Fiamma y Ana entiende que el material no necesita demostrar su actualidad, desafortunadamente la realidad ya hizo gran parte de ese trabajo. Por eso los guiños contemporáneos aparecen dosificados, permitiendo que el caso finlandés dialogue con muchos otros contextos sin transformarse en una referencia única. Aunque dura para quienes vivimos en una Argentina tan perdida como Reikiavik en 2010 Quizás por eso "Partido sorpresa" termina funcionando como una comedia política que viene con una sutil advertencia. No sobre una persona o un gobierno en particular, sino sobre algo más alarmante: la facilidad con la que una sociedad puede confundir el hartazgo con una propuesta y la provocación como una alternativa. Traer una obra así hoy es mucho más que una curiosidad histórica. Es una forma de volver a mirar un síntoma que, lejos de desaparecer, sigue buscando nuevos escenarios donde repetirse. Lo que más me gusta de esta versión es que el texto queda atravesado por una misma pregunta de principio a fin ¿Cómo una sociedad llega a tomarse en serio eso que nació como una excéntrica broma? ¿De verdad era una joda y quedó?