Elefantes, la vida en los pliegues - de Eliana Bonard y Virginia Ravenna, En Espacio Callejón

Hay experiencias escénicas que parecen desarrollarse en un tiempo aparte, o incluso quizá, fuera de él. "Elefantes, la vida en los pliegues" habita un territorio donde la percepción deja de buscar una explicación para empezar, para pertenecer. La obra construye un cuadro en transformación constante. Imagen tras imagen, pareciera proponerse objetivizar algo exclusivamente subjetivo y volver visible lo que normalmente solo existe como sensación o recuerdo. Para dejar que mute. Entre cuerpos cuidadosamente codificados, sombras que aparecen y desaparecen, y una atmósfera sonora que acompaña de manera ilustrativa, el imaginario se pliega sobre sí mismo. Cada capa reemplaza a la anterior y la contiene, la deforma y la hace convivir con otra. Y es justamente en esa constante gradual donde la obra encuentra su temporalidad. Los cuerpos trazan el espacio sin responder a una lógica evidente. Se aproximan, se desvían, se contaminan. No parecen buscar una relación narrativa sino una convivencia sensible, donde el movimiento deja de representar algo e intenta convertirse en un estado. No facilitar la comprensión inmediata me parece una decisión audaz. Lejos de volverse hermética, la obra invita a abandonar la necesidad de entenderlo todo para habitar la experiencia desde otro lugar. Como si mirar fuera dejar de intentar traducir. En ese devenir cíclico, "Elefantes, la vida en los pliegues" encuentra un ritmo poco frecuente para la época, imponerse sobre quien observa desde el estar. Apenas despliega, lentamente, un universo donde cada transformación contiene la huella de la anterior y anuncia, silenciosamente, la siguiente.