Casa Lugosi - de Darío Borys, en Silencio de Negras

"Casa Lugosi" es un delirio coherente, colmado de subtextos que aparecen y se desarrollan progresivamente hasta construir un universo amalgamado de propuestas. Algo en la obra que parece suceder dentro de una película, pero una película que es como si se hubiera quedado a vivir en el espacio teatral. La casa, sus objetos, sus cuerpos y sus rincones forman parte de una misma materia narrativa. La relación con el espacio es uno de sus grandes pilares visuales. Todo parece dialogar con una estética cinematográfica que encuentra en lo escénico una profundidad tanto literal como emocional. Las imágenes tienen peso propio y, al mismo tiempo, funcionan como puertas de entrada a los personajes, sus deseos, sus miserias y aquello que permanece latiendo debajo de lo que dicen. Hay además una temporalidad particularmente atractiva. La obra parece moverse entre una época pasada y una actualidad desplazada, como si ambas convivieran en el mismo lugar. Esa indefinición produce múltiples lecturas y le permite construir un imaginario donde lo antiguo adquiere una extraña contemporaneidad y lo actual parece cargado de una herencia mucho más vieja. En el centro de ese entramado aparece un drama familiar atravesado por la decadencia, la presión heredada, el deseo y una tensión sexual que modifica constantemente las relaciones. La celebración funciona como un territorio de exposición y los vínculos se forman, se deforman, se acercan y se alejan mientras cada personaje revela progresivamente las fuerzas que lo sostienen. Las actuaciones trabajan precisamente sobre esa complejidad. Hay una búsqueda continua por desmenuzar a los personajes, encontrar sus contradicciones y hacer visibles sus miserias sin reducirlas a una sola característica. Las emociones parecen tener varias capas y los vínculos se vuelven cada vez más interesantes a medida que esas capas empiezan a entrar en conflicto. "Casa Lugosi" tiene mucha información para mirar y también para escuchar. Los textos están llenos de mañas, poéticas y pequeñas señales que exigen una atención particular. Cada elemento parece guardar algo más de lo que muestra, como si la obra estuviera permanentemente dejando pistas sobre el universo que construyó. Y ahí para mi está su mayor encanto, en esa convivencia entre lo teatral, lo cinematográfico, lo familiar y lo delirante. Una casa que parece contener una época entera y unos personajes que, mientras celebran, cargan con todo aquello que heredaron.