¿Es extraño pensarnos hoy como un estado monárquico? Quizás no tanto.
En esta catástrofe familiar aparece una decadencia de la obediencia, una voluntad desesperada por perpetuar lo que alguna vez funcionó como orden y una forma bastante reconocible de forzar al destino, a los otros y a la sociedad para que todo permanezca exactamente donde debería.
Algo atractivo de "Héctor" está en su mezcla temporal. Por un lado, una monarquía oligárquica intentando perpetuar su feudalismo. Por otro, un imaginario noventoso, hiper mersa, atravesado por la hipocresía, la ostentación y ciertas formas de poder que parecen haber quedado atrás pero que, cuando se las mira un poco más de cerca, resultan demasiado actuales.
La obra nos sitúa así en un territorio identificable, un municipio, una localidad del conurbano. Un lugar cercano y reconocible donde la distancia con la capital se vuelve también una forma de disputa, de pertenencia y de poder. Una geografía real a la que no le cuesta reconocer en que momento de su "batalla cultural" se encuentra.
Desde ahí aparece un humor ácido que permite entrar en pensamientos bastante menos graciosos. La obra se ríe de una estructura social que, debajo de sus formas absurdas, sostiene mecanismos reales, actuales y desesperantes como la obediencia, el privilegio, el desprecio por el otro, la necesidad de conservar una jerarquía aunque ya no exista ninguna razón para hacerlo.
La tragicomedia funciona justamente porque los personajes no parecen estar haciendo algo extraordinario. Están haciendo lo que creen que corresponde y está ahi buena parte de lo más propositivo, situaciones bizarras, vínculos desmedidos y comportamientos violentos aparecen naturalizados dentro de un sistema que los considera perfectamente razonables.
La puesta es simple, entiende que no necesita demasiado para construir ese espacio de juego. Deja que los cuerpos, las relaciones y el texto hagan aparecer todo lo que hay detras de tanto parecer, y también que nos provoca la sensación de reconocernos. Porque hay algo innegable y efectivo en reírse de estos personajes y, en algún momento, descubrir que quizás alguna de sus lógicas también nos pertenecen.
El texto es audaz y filoso. Coquetea con límites que estas familias hiperprivilegiadas cruzan sin demasiado problema y encuentra en ese exceso una manera de señalar algo más peligroso: Cuánto estamos dispuestos a tolerar cuando el poder se presenta como tradición, cuando el privilegio se disfraza de derecho y cuando la obediencia se confunde con normalidad.
Quizás "Héctor" no esté hablando tanto de una monarquía como de nuestra fascinación por seguir dejándolas existir.
