La Wagner - de Pablo Rotemberg, en Espacio Callejón

"La Wagner" es miembro de ese pequeño grupo de obras que se volvieron necesarias y transversales de la escena. La vi cuatro o cinco veces a lo largo de sus 13 años de existencia, con distintos elencos, en diferentes espacios y momentos. Cambiaron los cuerpos, algunas escenas, detalles e incluso el contexto social y escénico. Pero la esencia permanece intacta. Pablo Rotemberg trabaja siempre desde lo urgente, su urgencia, aunque en esta obra pone de sí lo magno, lo más Wagneriano, como si fuera a ilustrar el logro de algo. Constituyó una maquinaria donde la intención es el sello, el desgaste la combustión y la violencia una forma inesperada de rara armonía y belleza. La impronta de Wagner se convierte en la columna vertebral de una pieza que parece respirar el ritmo del exceso que Pablo le imprime al escenario y sus cuerpos. Es como una apropiación de la totalidad de los sentidos. Hay algo voraz y, al mismo tiempo, extrañamente bello en esa decisión de descomponernos desde una perfección violenta. La obra encuentra la belleza del terror, hace del sacrificio un engranaje y de la entrega una filosofía. No sé si busca representar la violencia, pero la organiza, la coreografía, la transforma en un lenguaje que obliga a preguntarse de qué estamos hechos cuando amamos, obedecemos, resistimos, padecemos o simplemente permanecemos en un contexto tan exigente e insostenible. Como si en el universo Wagner-Rotemberg, se potenciara aún más el conflicto como fuerza que arrastra los cuerpos hasta sus últimas consecuencias. Los cuatro cuerpos en escena sostienen una entrega muy difícil de dimensionar. Se arrojan una y otra vez a una secuencia de acciones donde hacer, rechazar, soportar y necesitar parecen formar parte de un mismo pulso vital. La repetición, la insistencia y la denuncia se articulan entre un humor particular en un contexto de terrible presencia. Cada capítulo nos recuerda que muchas, sino todas, las relaciones se construyen alrededor de la tensión entre dar y recibir, por amor, por deseo o por obligación. Es como si cada repetición funcionara también como manifestación clara del más y más y más y más. Rotemberg encuentra en el cuerpo un territorio de conflicto permanente y ese fetiche ya hoy es más que un camino de ida, más bien un camino trazado por su obra. Un cuerpo que puede ser arma y blanco al mismo tiempo. No creo que haya psicología que explique lo que sucede porque la imagen es la que piensa y es la danza la que argumenta con una brutal y delicada honestidad. "La Wagner" alcanza una rareza muy difícil de encontrar porque consigue que el humor, la violencia y la monumentalidad de la música convivan en un acto heróicamente erótico-dramático. Una monumentalidad que nace de la ambición de llevar cada cuerpo hasta el límite de lo que puede sostener. Todo parece estar llevado a su propio abismo y, sin embargo, cada decisión encuentra su lugar exacto en su natural cansancio. Las cuatro intérpretes son el corazón de esta maquinaria. Su nivel de compromiso es extraordinario por la valentía de habitar un material que exige una disponibilidad absoluta. Es una entrega que convierte el escenario en un territorio donde el sacrificio se hace presencia y la guerra interior se completa con un otro. Después de tantos años, "La Wagner" sigue produciendo algo muy poco común y por eso su trayectoria continúa y sigue siendo actual, futura, vigente e irrepetible.