Le Frigó - de Copi, con dirección de Tatiana Santana, en El Picadero

Es un universo aparte, un espectáculo que rompe lógicas, hecho por uno de los artistas que convirtió el absurdo, el deseo en libertad escénica. Ver hoy cómo se recrea y encarna esa pasión, ese delirio y esa narrativa experimental funciona como un recuerdo vivo sobre libertades que, antes de parecernos naturales, tuvieron que ser imaginadas y batalladas. La obra funciona desde otro tiempo y su lectura es particular en el presente. No intenta reproducir exactamente el desborde de Copi, sino encontrar una forma propia de acercársele. Hay algo de su propuesta característica que permanece: la desmesura, la sexualidad, el humor negro, la violencia, la transformación constante y esa sensación de que cualquier lógica puede romperse en cualquier momento. Manu Fanego resulta especialmente acertado para esta pieza. Su trabajo es complejo y de una enorme disponibilidad porque sostiene delirios, abusos, violencia y humor encarnando múltiples personajes sin que esa multiplicidad sea reiterativa. Hay una escucha escénica muy precisa y un timing ejemplar que le permiten encontrar, incluso dentro del desorden, una lógica de juego y expansión brutal del momento. Parece estar siempre a punto de perder el control y, sin embargo, sabe exactamente dónde volver a encontrarlo. En un monólogo que toma a una heladera como centro, el relato se vuelve vertiginoso, desprolijo e irregular. Hay una búsqueda de acomodarse constantemente sin lograrlo adrede donde la puesta tampoco parece querer hacerlo demasiado. Algo de eso resulta necesario para que el universo de Copi conserve su capacidad de sorpresa. Tatiana Santana revive este clásico con un desequilibrio equilibrado, reconoce el desborde característico de Copi pero lo atraviesa con una mirada que pareciera ser más tamizada, quizás más cuidada, sin intentar aplanar completamente aquello que por naturaleza se resiste a ser ordenado. Para mi el logro de esta versión es convertir a Copi en una pieza de museo más vivo que nunca. Tomar su delirio, su libertad y su irreverencia y comprobar que todavía puede producir escenas trash, de exuberancia y risa desde un presente completamente distinto.