Todos los días estoy aburrida y lloro - de Natalia Aboud, Josefina Botto y Daniela Korovsky, en Dumont 4040

En este caso, la escena se despliega con naturalidad, como un anecdotario revivido a dúo. Lo mismo, pero no. Dos cuerpos que vuelven sobre lo vivido para redescubrir cuánto puede cambiar una historia cuando se la mira en graciosa retrospectiva. Una especie de confesionario público, ejercicio de purga y auto-retroevaluación lúdica que expone con mucho acierto un período álgido de la vida y su relación con el descubrirse. A partir del registro real de sus diarios, revisitan momentos, detalles y pensamientos que inevitablemente llegan al corazón de una generación: eso que se ocultó, aquello que apenas se pudo transitar y todo lo que, en su momento, parecía demasiado grande para entenderlo. Hay algo de vivir a todo terreno la etapa de mayor efervescencia juvenil con la mayor inexperiencia. El hambre de abarcarlo todo, la urgencia de vivir lo inabarcable, la sensación de tener el mundo al alcance de la mano en simultáneo de un padecimiento hipercomulgado con el enojo y la pasión mientras se mantiene el dedo en el gatillo. La inestabilidad como paisaje, la pasión como medida de todas las cosas y el pudor como una forma inesperada de deslumbramiento. La obra encuentra en esa materia un cóctel explosivo, entre la confesión y el chiste, con algo de glam bizarro: la intimidad expuesta se vuelve un espectáculo para ellas y lo es para nosotros, el recuerdo que da vergüenza y la risa que aparece justo donde todavía queda algo sensible. El humor es parte de algo que digerido no se padece, es sensible y teledirigido, parecen saber dónde apuntarse tiempo atrás y cuánto acercarse para que la exposición conserve su potencia sumándole 20 años de experiencia en la dificil tarea de crecer. Hay algo entrañable en volver sobre esa versión de una misma que todavía no sabía muy bien qué estaba haciendo, pero lo hacía con una convicción absoluta. Termina siendo algo parecido a que revisitar permite reírse de sus excesos sin terminar de abandonar ese cariño histórico por quien nunca de alguna manera dejamos de ser.