Putamadre de Caro Fernández con dirección de Felicitas Kamien en Dumont 4040

Esta reconstrucción biográfica ficcional es un abrazo a un patada al pecho. Un grito desesperanzado que abre paso a una reflexión tras otra, como si poner en escena eso que duele fuera también una forma de empezar a transformarlo y revisarlo, pero en este caso ya esta asumido y viene a transformar. Si bien el eje está puesto en la relación turbulentamente amorosa entre Caro y su hijo Santi, la obra se convierte en una manifestación política constante. Una voz que tiene reflectores y que, sabiéndolo, señala con el dedo las injusticias sociales, penitenciarias, institucionales y patriarcales que nos rodean y que atraviesan, de maneras concretas, la vida de tantas personas -mayoritariamente mujeres y madres-. La entrega absoluta de honestidad, la urgencia y la necesidad de compartir(se) aparecen sin dosificaciones. Todo está echado sobre la escena y recolectado de la vida, con una intensidad que parece activar un mecanismo psicomágico, la posibilidad de convertir una experiencia profundamente personal en un acto público de resiliencia. Algo de lo vivido se transforma al ser expuesto, y algo de quien observa queda involucrado en esa transformación ineludiblemente. Caro hace de sí misma un medio, sin romantizar la maternidad y mostrando la vulnerabilidad de una mujer que cría su propio deseo de pájaro negro sola. Universaliza problemáticas íntimas, personales y profundas sin desdibujar su singularidad, con la conciencia de que su historia no constituye una excepción. En esa operación, lo autobiográfico deja de ser únicamente un territorio propio y se vuelve una forma de señalar las estructuras que condicionan, lastiman y perpetúan estas experiencias tan dolorosas como reiteradas. El compromiso con el que se planta frente a su historia, a su hijo y al público es letal, sin anestesia. Hay una transparencia que permite reírse del desborde, de los excesos y de las contradicciones, sin que la risa alcance para desactivar lo que duele y se quiere decir. Por el contrario, ese movimiento vuelve la experiencia una vertiginosa maniobra procesual, donde el humor también puede abrir una puerta hacia lo insoportable. "Putamadre" parece haberlo dado todo en su texto y en su puesta en escena, pero todavía guarda perlas que exceden la obra y aparecen en detalles de lujo, en pequeños desvíos que amplían su universo y dejan resonando algo más allá de la función. Y en el centro, atravesándolo todo, queda el amor. Un amor incondicional, capaz de convivir con la furia, el agotamiento y la desesperación, las drogas, la familia, un amor que no resuelve las contradicciones y que insiste en encontrar una manera de seguir existiendo entre ellas, como lo hacen Caro y miles de madres más.