El mecanismo de Alaska - de Los Pipis, en Teatro El Picadero

Desde el corazón, "El mecanismo de Alaska" propone una entrega absoluta a lo intrincado del amor, al deseo y a lo laborioso y a veces extenuante de la conquista emocional. Es un paseo intenso por la vida de sus protagonistas, pero también una militancia ejemplar: una obra afilada, reivindicante y profundamente actual-futurista; no en el sentido tecnológico del término, sino en su forma de imaginar vínculos posibles en un mundo que parece empeñado en desarmarlos o proponerlos disfuncionalmente. Estamos frente a un trabajo que desborda inteligencia y pasión. Una puesta que no esquiva el temor, que abraza el desconcierto y logra compactar el tiempo sin perder claridad ni potencia. La historia de Fede y Mati se despliega en un entramado textual hipercomplejo, diverso y a todo ritmo, donde cada capa suma información emocional, política y poética. Resulta particularmente gratificante advertir que ese chiste, ese "objetivo" que parecía inalcanzable de “hacer el teatro del futuro” no queda en consigna vacía. La obra da pasos concretos en esa dirección, encausando un contenido social absolutamente actual con una forma igualmente contemporánea, capaz de torcer aunque sea mínimamente una agenda estatal hoy particularmente dañina para los cuerpos, los afectos y las diversidades. En este power trío, donde además de Fede y Mati aparece Camila, se percibe una entrega total en y para todas las direcciones. Hay una pasión evidente por ser observados, una necesidad casi incontrolable de narrar el exceso de amor y, al mismo tiempo, parodiar una sociedad que pareciera necesitar empezar de nuevo. Las personalidades son antagónicas y complementarias, pero sobre todo versátiles, sostenidas dentro de un código escénico singular y exhaustivo que no da respiro. Hacer de los recovecos del pensamiento una oportunidad para poner en marcha un mecanismo, aprovechar el frío de Alaska como metáfora para entender que al mundo le falta urgentemente un poco más de cariño, y gritarle que esa porción de amor puede encontrarse incluso en una escalera de facultad, es una virtud poco común. Ahí radica una de las grandes fuerzas de la obra: en convertir lo mínimo en una declaración política sensible. Un menjunje heterodoxo escénico que se impone para dar que hablar, para evidenciar silencios, para reconfigurar el romanticismo del teatro, para escupirle en la cara al futuro gris venidero y esperarlo, por lo menos, sabiendo qué es lo que se viene. Con nueve temporadas a cuestas, "El mecanismo de Alaska" milita su propio recorrido. Lo hace con un despliegue austero, una música exquisita y textos y actuaciones que entran en una sinergia atolondrada de verborragia, imaginación y despliegue corporal, tan lúcida como necesaria. Todo parece desbordar, pero nada se pierde. Como espectador, se agradece profundamente la sinceridad desde la cual fue escrita, hecha y entregada. Hay un posicionamiento político claro, fundamental, que no se declama sino que se vive en escena. Bien podría pensarse como un biodrama de pareja que coquetea con diferentes propuestas dramatúrgicas amalgamadas en su propio sello. Este mecanismo, que tiene que ver también con la adopción de un gato y la recomposición de una nueva forma de familia, pone en marcha un nuevo punto de vista: una manera sensible y profunda de habitar un planeta injusto y en constante derrumbe, intentando al menos transitarlo del mejor modo posible.