Empieza con D siete letras - de Juan José Campanella, en el Teatro Politeama

En el encuentro aparentemente trivial de una sala de espera de una clínica odontológica, "Empieza con D siete letras" despliega su maquinaria: Luis (Eduardo Blanco) y Miranda (Victoria Almeida) se cruzan por azar, pero ese azar funciona como excusa perfecta para abrir una grieta en lo cotidiano. Desde ahí, la obra nos introduce con notable claridad en los estereotipos sociales, sus comportamientos automáticos, sus privilegios, sus reacciones aprendidas y sus silencios más cómodos. Lo cotidiano aparece duplicado: escenas mínimas, reconocibles, casi inofensivas, que operan como espejo. En ese reflejo podemos vernos, reconocernos, acercarnos o alejarnos de nosotros mismos y del otro. La obra trabaja desde una estructura clásica, tradicional, incluso conservadora en su forma, pero eficaz en su objetivo: hablar de lo que pasa cuando la vida vuelve a presentarse como posibilidad. El amor funciona como detonante, no como promesa romántica ingenua, sino como segunda oportunidad, como excusa para revisar lo vivido. El amor después del amor o después del fracaso aparece como motor de un recorrido retrospectivo individual que se activa desde el presente. Lo que creímos que fue amor, lo que llamamos amor, y lo que ahora, con algo más de tiempo y experiencia, podemos volver a mirar. Aunque el foco inicial pareciera estar puesto en Luis, es la vida de Miranda la que acompañamos con mayor detalle. Es su relato el que se filtra, se expande y termina teniendo una incidencia concreta en él. Ella no solo escucha sus limitaciones sino que interpela a través de su transparencia y verborragia. Y en esa escucha activa se construye el verdadero movimiento de la obra. Resulta atractivo cómo, sin subrayados ni golpes bajos, se introducen la reflexión y la autocrítica. Aparece un intento todavía torpe, incompleto de mejorar el presente a partir de revisar el pasado. La obra pone en juego una idea muy compleja: creer que lo que pensamos es lo que sucede, cuando la mayoría de las veces lo que sucede dista enormemente de nuestras creencias. Esa distancia es, quizás, el núcleo más honesto del texto. Desde una perspectiva progresista suave, accesible, masiva, se empiezan a cuestionar roles históricamente naturalizados: el hombre/varón/profesional como figura prioritaria por sobre toda emoción, como víctima de un mandato social que lo empuja al deber ser, alejándolo de la cercanía con sus hijos y sosteniendo relaciones de pareja jerárquicas. Que estos planteos aparezcan en una obra de gran circulación no es menor. Además de los protagonistas, la obra cuenta con dos interpretaciónes (Gaston Cochiaralle y Maru Zapata) que, cada cual en su papel, desarrollan una presencia que aporta profundamente al relato o a la imagen. La puesta, por su parte, logra trasladarnos muy rápidamente al contexto deseado. "Empieza con D siete letras" no busca incomodar radicalmente ni romper estructuras. Busca quizás abrir una rendija de pensamiento en un espacio cómodo. Y en una sociedad como en la que vivimos, esos gestos cuando están bien hechos también son necesarios.