Asuntos internos - de Florencia Werchowsky, en una oficina

Hay algo extravagante en "Asuntos internos": te invita a hacer un trámite. No como excusa narrativa, no como metáfora escondida. Un trámite. De esos que evitás, que postergás, que sabés que te van a robar tiempo. Y sin embargo, ahí está la propuesta: envolver lo tedioso, contratar la maquinaria burocrática, evocar la repetición y, sin solemnidad ni contradicción, revisar las posibilidades que habitan cada instante aparentemente muerto. ¿Es una performance? ¿Una obra? ¿Una experiencia? Un poco de todo. Pero, sobre todo, trámite. Y esa insistencia conceptual es su acierto. Entre desconocidos compartís el recorrido por el interior de un equipo de trabajo que, en la rutina más automática, encuentra juego; danza; pequeñas venganzas coreografiadas contra el automatismo. Lo hiperautomático se vuelve casi poético. El sello, la firma, el papel que pasa de mano en mano, la espera: todo adquiere un espesor inesperado. La fidelidad al engorro administrativo es lúcido. No hay caricaturas estrafalarias. El aburrimiento es abrazado con un timing preciso y complejo, el papeleo inevitable, el uno a uno, la música que aparece como respiración interna, el ritmo lento envuelto en la vorágine laboral de quienes emplean, sellan, bailan y entregan documentos: todo construye una coreografía mínima pero contundente. La obra no ironiza desde afuera; se sumerge y acentúa leves puntos claves. Y en esa inmersión aparece algo más grande, la pregunta: ¿cuánto tiempo de nuestra vida está absorbido por sistemas que naturalizamos? La burocracia no es solo un dispositivo estatal, es un modo de habitar el tiempo. De diluirlo. De domesticarlo. Lo interesante es que no hay denuncia explícita ni moraleja. Hay experiencia. El espectador participa y ya. Se vuelve parte de esa maquinaria que, por momentos, parece absurda y, por otros, inevitable. La repetición deja de ser mero desgaste y se transforma en gesto compartido. "Asuntos internos" es acontecimiento. Hace escénico lo administrativo, sensible lo rutinario. Y al salir, uno no puede evitar mirar distinto el próximo número que le toque en una pantalla. Quizás ahí también, escondido entre formularios, haya un pequeño acto performático esperando ser descubierto.