En el enfrascamiento mental y de sus infinitos matices, "Harta" navega sobre naufragios que son tan existenciales como prácticos. Se trata de cómo las crisis impactan en lo concreto, en lo laboral, en lo afectivo, en el cuerpo que insiste en seguir funcionando mientras la cabeza implosiona.
Salomé hace del deseo una cruz, del teatro, una causa noble y desesperante. Y en ese gesto se instala una tensión profundamente reconocible.
La obra expone la emoción en su estado más humano, pero también la disolución de esa humanidad cuando el instinto de supervivencia toma el control. Y, paradójicamente, muestra que cuando algo finalmente sale bien, tampoco hay redención total: la maquinaria mental ya aprendió a desconfiar.
Hay algo de auto-interpretación en este recorrido por la peor zona de confort, esa en la que uno se reconoce atrapado en sus propios discursos, en su propia infraestructura mental. La batalla no es contra el afuera únicamente sino contra el andamiaje interno que sostiene y sabotea cada decisión.
Anhelos y martirio. Deber ser y pulsión contraria. El deseo de pertenecer y la necesidad de huir. Todo convive en un cotidiano de ahogo donde la luz aparece, inesperadamente, en la parodia. Reírse de la propia tragedia como acto de supervivencia. Reconocerse así como primer paso para pedir ayuda.
Porque si bien hay un tono confesional, incluso autoreferencial, lo que se construye no es un ombliguismo escénico, es una denuncia delicada pero hacia un entorno teatral, social, vincular que muchas veces se muestra incapaz de abrazar la fragilidad sin convertirla en productividad. Se pone sobre la mesa lo más evidente y, justamente por eso, lo más invisibilizado: el elefante está ahí, frente a todos, pero nadie quiere hacerse cargo.
La dinámica es fluida. Tragicomedia que se desliza desde el mas profundo drama. La puesta despliega, reitera, reinventa y recicla elementos con inteligencia, acompañando este paseo por el desborde sin caer en la redundancia actoral ni pictórica. Hay un ritmo que sostiene el colapso sin volverlo caótico para el espectador.
Salomé encarna algo que parece exclusivamente suyo: sus manías, sus miedos, sus obsesiones. Pero pronto se vuelve evidente que esa supuesta singularidad es terriblemente común. Todos tenemos algo de esa saturación, de esa exigencia autoimpuesta, de ese entusiasmo que duele.
El humor constante nos alivia y permite que llegue o, al menos, que no genere rechazo. Lo vuelve accesible. Así, entre preguntas, intentos y advertencias, la excusa de “ser actriz” se convierte en vehículo para algo más amplio, una reflexión sobre el sistema que habitamos y reproducimos.
"Harta" es, en definitiva, una confesión. Es una exposición honesta que, a fuerza de ironía y vulnerabilidad, logra algo parecido a ser una simple humana luchando contra su propia humanidad. Y en ese gesto, nos interpela sin elevar tanto la voz.
