La curva del tiempo - de Martina Vananas Collell, en Espacio Callejon

Hay encuentros que parecen imposibles pero funcionan como detectores sintomatológicos. La curva del tiempo parte de uno de esos cruces: dos personas que se encuentran y, casi sin proponérselo, activan una radiografía emocional que estaba latente. La nostalgia aparece primero como abrigo, como recuerdo feliz, como territorio compartido. Pero pronto se revela como trampa cíclica, un lugar donde el pasado se colapsa de dulzura lo suficiente como para que olvidemos por qué dolió. Un accidente literal y otro simbólico irrumpen y desarman el laberinto de un amor que fue radiante, pero también profundamente necesitado. El texto se sostiene en actuaciones de tiempos muy equilibrados que encarnan personajes muy desequilibrados. Y ahí está uno de los mayores aciertos: la precisión con la que se dosifica cada emoción. Nada se precipita. Todo se curva. En ese espacio remoto al sur o al norte, da igual porque el aislamiento es más interno que geográfico, se desnuda una verdad dura, duradera e irremediable. El recuerdo, el accidente y la mente conforman un tríptico que va entregando capas de sensibilidad tanto al espectador como a quienes están en escena. Esa construcción, ese ir y venir entre pasado y presente, es la verdadera curva del tiempo: no una línea recta, sino una deformación constante de lo vivido. Es profundamente conmovedor acompañar la evolución y las licencias que los personajes se permiten entre sí. Federico Buso y Magela Zanotta crecen junto a la obra, casi imperceptiblemente. Lo que al inicio parece una conversación contenida va abriéndose como una herida que decide no cerrarse del todo. La escenografía, clara y concreta, acompaña con una atmósfera casi doméstica. Los olores de cocción, el clima de intimidad cotidiana, nos sitúan en un lugar reconocible. Y esa familiaridad es clave porque no estamos frente a una historia extraordinaria, sino frente a una experiencia posiblemente tan cercana como humana. La obra no necesita golpes de efecto. Su potencia está en la paciencia. En la manera en que deja que el tiempo haga lo suyo, que las palabras se acomoden, que los silencios respiren. Y cuando finalmente entendemos la dimensión de lo que está en juego, ya estamos dentro de esa curva. "La curva del tiempo" habla del amor, sí, pero sobre todo habla de cómo lo recordamos. Y de cómo ese recuerdo puede torcer o enderezar el presente.