Hay algo en "La fuerza de la gravedad" que podría llamarse honestidad genital e intelectual. Una forma de decir que no pide permiso, que no busca quedar bien y que, sin embargo, no cae en la crueldad gratuita. Más bien romantiza, si es que eso es posible, un sincericidio empático paradógicamente cierto. Decir lo que duele, pero sabiendo que del otro lado hay alguien dispuesto a sostenerlo.
La obra logra envolver todo en la aparente simplicidad de lo complejo. Una amistad como ésta entrando en un mundo como éste. Lo inevitable: ¿cuán lejos estamos de ser ese amigo? ¿O de tenerlo? La sensación es clara: todos estamos a un paso de cualquier amigo de él.
El dispositivo es hermosamente cercano. No hay distancia, el puente está construido y nos invita a cruzar hacia lo más profundo, hacia la risa incómoda o hacia la risa al fin. Esa que aparece cuando reconocemos algo propio en lo que sucede. Hay una entrega tan total que quien escribe, quien dice y quien recibe podrían confundirse. Las capas de autor, intérprete y espectador se vuelven porosas. Lo que se dice parece estar ocurriendo en el mismo instante en que se piensa, y eso vuelve a la experiencia tan frágil como potente.
La gratitud de ser amigo late como un pulso constante. Persiste, sangra, mancha desde la vulnerabilidad expuesta. En el relato se instala una naturalidad compleja, difusamente cercana. Los desbordes íntimos, ínfimos y enormes a la vez, convergen en una dimensión casi trágica en su pequeñez cotidiana. La obra entiende que las grandes tragedias afectivas no siempre hacen ruido; a veces son apenas un gesto, una omisión, una frase dicha tarde.
El trabajo de Laura es exacto: dosifica, respira, sostiene. Encuentra el tono justo para que cada desliz emocional tenga peso específico. Y el texto de Tato, otra vez, convierte lo simple en una conquista compleja. Hace de una anécdota una filosofía, de una conversación una radiografía afectiva y efectiva.
En simultáneo a este plano tan literal, crudo, directo y casi masticado, convive otro registro. Un juego sonoro y pictórico que desarma lo que parecía estable y reconstruye una nueva perspectiva de lo inicial. Pequeñas pizcas casi lyncheanas son esparcidas hacia el final: lo cotidiano se vuelve levemente inquietante, lo reconocible adquiere una capa simbólica. La experiencia se cierra o se abre a puro signo, a pura sugerencia como expansión del universo íntimo hacia algo más abstracto, más onírico, más propio. Esa decisión complejiza lo visto y evita que la obra quede reducida al realismo confesional.
Es posible que el dispositivo no sea para cualquier consumidor teatral. Y la obra lo sabe. No intenta ampliar el puente para que pase todo el mundo, confía en que quien quiera cruzarlo sabrá hacerlo. Esa decisión, lejos de excluir, delimita un territorio relajado y honesto.
El juego con el título se despliega como un mapa que recién entendemos cuando ya lo desenrollamos por completo. La gravedad no es solo una fuerza física: es el peso de los vínculos, la atracción inevitable hacia quienes nos constituyen, la caída libre en la confianza. El eco que queda es ese verse siendo, teniendo o necesitando un amigo así. Y al salir tenemos la sospecha de que, en un mundo que tiende a la superficialidad, sostener una amistad profunda en cualquiera de sus versiones es un acto político silencioso.
