La escena comienza como una presentación lúdica y aparentemente lineal. Un relato que parece acomodarse en una estructura clásica, casi didáctica. Pero con el correr del tiempo, la propia obra se descubre como un artefacto meta-teatral: lo que se cuenta se fracciona, se comenta a sí mismo, se reescribe en vivo. Y cuando creemos haber entendido el código, éste se fractura una vez más.
La excusa es la historia de Paquita, la abuela del autor y actor. Ella “dicta” el relato de su pasado, pero esa voz nunca es pura: está atravesada por la subjetividad de quien la encarna. Ese vaivén entre nieto y abuela, entre memoria heredada y reconstrucción contemporánea, es el verdadero motor de la obra. Es un diálogo donde la identidad se negocia en escena.
A partir de esa figura íntima, "La misionera" abre dos ejes políticos de enorme peso: por un lado, el robo de bebés durante el franquismo en España; por otro, la resistencia queer en la última dictadura cívico-militar en Argentina. El cruce no es forzado, se trata de accionares de violencia que dialogan. La memoria familiar se convierte así en puerta de entrada a la memoria colectiva.
Los saltos temporales, lejos de confundir, resaltan la capacidad de Alonso para recomponerse constantemente dentro de una narrativa que podría haber sido convencional. Cada quiebre es una reafirmación del artificio teatral; la cuarta pared se rompe, no tanto para interpelar directamente al público, sino para hablar desde el teatro y no como tal.
Hay algo potente en esa decisión: asumir que esta historia es parcialmente verdad y, al mismo tiempo, potencialmente otra cosa. Una posibilidad. Una corrección imaginaria del pasado. Una reparación simbólica.
El humor constante funciona como vehículo y como escudo. Colabora como respiración dentro del monólogo. Los cambios de vestuario, la construcción de imágenes y el ritmo narrativo acompañan ese tránsito entre lo íntimo y lo histórico con frescura.
"La misionera" termina siendo un acto de conciliación y de necesidad. Una obra que insiste en posicionarse. Alonso aprovecha cada pliegue para manifestarse políticamente frente a los hechos de ambas dictaduras, entendiendo que el escenario no es solo un espacio de representación, sino un espacio donde tomar postura.
Entre Paquita y Alonso, entre pasado y presente se percibe la certeza de que contar también es resistir.
