Al final las tragedias no mejoran a nadie - de Julieta Cayetina, en Timbre 4

Hay en "Al final las tragedias no mejoran a nadie" una potencia que se sostiene, ante todo, en su trío actoral. Tres presencias que no solo construyen personajes, sino que configuran un universo donde el cliché no es un límite, sino un punto de partida. Lo reconocible se vuelve materia maleable, se estira, se deforma y, en ese movimiento, encuentra algo para plantear. El dispositivo se apoya en una lógica de comicidad muy marcada con ecos de un humor noventoso, directo, de gags pronunciados, pero no se queda en lo funcional simplemente. Hay una inteligencia en cómo ese humor abre capas y profundiza lentamente. Lo que en apariencia es liviano empieza a filtrar tensiones más profundas: el drama familiar, el deseo sexual reprimido, la lógica del “pueblo chico, infierno grande” como estructura de control y vigilancia afectiva. Dos mujeres mayores y una sobrina más joven componen este triángulo que avanza sin freno en un juego lúdico que, entre risas, instala preguntas en forma de disipadores ¿Qué hacer cuando la opresión desaparece, pero deja marca? ¿Cómo se reconfigura el deseo después de haber sido regulado durante tanto tiempo? ¿Qué queda cuando la figura que organizaba y limitaba la vida ya no está? La obra se permite transitar esas preguntas en un tono abiertamente gracioso. Las bordea, las ironiza, las exagera. Busca generar fricción entre lo que se dice y lo que se deja entrever. La “tragedia” del título funciona casi como un señuelo, porque lo que emerge no es una redencion ni un lamento, sino una exposición de lo que persiste incluso después del quiebre del dolor. Las actuaciones son de un nivel alto y, sobre todo, cómplices del universo que habitan. Hay disfrute en escena, y ese goce es contagioso. Esa entrega vuelve cercano el material, incluso en sus zonas más predecibles. El humor como herramienta habilitante permite entrar, quedarse y, desde ahí, reconocer algo propio. "Al final las tragedias no mejoran a nadie" construye, entonces, un espacio donde la risa es estrategia. Un modo de mirar de frente lo que, incluso cuando parece superado, sigue operando. Porque si algo deja en claro la obra es que las estructuras no desaparecen, mutan. Y en esa mutación, el teatro encuentra un lugar para señalar y también liberar.