Antes muerta - de Catalina Briski, en Planta Inclán

Un espacio sin tiempo. Cuerpos sin memoria. Un territorio suspendido donde se intenta una relación sin vida, un amor inerte, una construcción afectiva sin pasado que la sostenga. "Antes muerta" trabaja desde lo sensorial y lo visual para preguntarse qué queda cuando desaparece la historia que nos constituye. La obra pareciera invitar a deshacer lo preconcebido, a desmontar la idea de identidad como acumulación de recuerdos, a imaginar cómo sería vincularse si no existiera un ayer que nos determine, si cada gesto naciera en estado cero. El trabajo corporal de Vera y Cata sostiene con precisión la fuerza de lo inerte buscando la forma "conocida" por el espectador. Cada movimiento está cargado de una densidad particular, no hay psicología evidente: hay materia. Hay cuerpos que prueban, que ensayan la posibilidad de sentir sin archivo emocional. Y en esa restricción aparece la potencia. Lo mínimo se vuelve significativo. La fotografía es sensible y la música casi lo único que pareciera estar vivo dentro del escenario. Guían entre luces bajas, risas-relleno, canto-intentos, acciones que bordean lo absurdo hasta perforar la ausencia de sentido. Lo que al principio parece vacío empieza a reclamar existencia propia. Hay una tensión flexible que nunca se quiebra del todo. Un humor curado, contenido, buscando el desplazamiento y un norte claro: el intento. Porque “Antes muerta” no resuena como sentencia trágica, sino como ironía sobre aquello que podría ser y no fue. O que podría haber sido si algo de la memoria, la emoción, la historia, se hubiera encendido. La obra propone una experiencia. Un ensayo sobre la posibilidad de amar sin pasado y sobre la fragilidad de todo vínculo cuando se le quita la raíz. Se ríe de lo que podría ser y también deja entrever algo más sagaz. Quizás sin memoria no hay herida, pero tampoco hay deseo.