Harto - de Ángel Blanco con dirección de Julián Belleggia, en El Método Kairós

"Harto" está escrita desde el enojo. Desde un lugar visceral que no intenta suavizar lo que dice. Funciona como una purga necesaria, una explosión de pensamientos sin filtro, una sucesión de razones que parecen empujar hacia la destrucción. Denuncia tras denuncia, la obra se instala en una disconformidad total con lo que atraviesa a gran parte de los seres humanos hoy. En ese sentido, el texto funciona casi como un manifiesto encubierto, un grito retorcido que intenta justificar, explicar o al menos exponer una posición límite. Dentro de esa catarata discursiva hay, por supuesto, mucho por cuestionar, resignificar o discutir. Pero la obra también contextualiza a quien habla: alguien situado en una desventaja estructural que margina. Cuando el tejido social está tan roto, pareciera decir: 'los seres humanos nos alejamos unos de otros mientras seguimos esperando de los demás las mismas conductas de siempre' Ese encierro, esa espera casi suspendida, se vuelve el dispositivo desde el cual Ángel construye un paisaje mental desolador. El escenario funciona como una especie de cámara Gesell donde se observa la deriva de un pensamiento que oscila entre momentos de lucidez y asociaciones libres. La locura aparece entonces como una forma torcida de cordura, guiada por bronca acumulada, por la injusticia como denominador común y por vínculos desgastados, rotos o nunca del todo construidos. El monólogo se sostiene desde la visceralidad. En esa voz única empiezan a filtrarse muchas otras voces. Aparecen las deformaciones sensoriales que produce la denigración constante, la envidia como malformación afectiva, la ira comprimida por años de sumisión y una ausencia de amor que termina modelando la percepción del mundo. En escena se practica una especie de sincericidio. Al principio ese discurso pareciera instalar una distancia con el espectador: una lógica argumental que puede resultar incómoda o incluso defensiva. Pero a medida que la obra avanza, entre desequilibrios emocionales y sinapsis discursivas, esa distancia se vuelve permeable. El veneno que se expone empieza a dosificarse de otra manera, acercándose lentamente a una comprensión más compleja. El trabajo actoral de Ángel Blanco es de un compromiso total. Hay una adaptabilidad constante en su voz, en su presencia física y en su tránsito mental. El cuerpo dialoga con el espacio reducido, construyendo y destruyendo sistemáticamente la propia estructura emocional del personaje. Esa dinámica vuelve particularmente interesante la forma en que el espectador puede ir desplazando su escucha: ciertas ideas que en otro contexto resultarían inadmisibles empiezan a ser comprendidas, no necesariamente aceptadas, cuando se las observa dentro del entramado que las produce. "Harto" también instala una mirada sobre la salud mental y sobre las fracturas invisibles que se acumulan en quienes habitan los márgenes de una sociedad en decadencia. No ofrece respuestas ni redenciones claras. Más bien parece proponer una lectura, una radiografia. El resultado es un teatro crudo y honesto. Un sincericidio escénico que expone, sin anestesia, las zonas más ásperas del alma humana. Y que, en ese gesto, deja una pregunta: ¿cuánto de ese enojo que vemos en escena no es una copia literal del paisaje emocional de nuestro tiempo en la tierra?