Primera danza, the freak show - de Cía. Cuerpo en Escena con dirección de Leticia Coronel, en Viceversa
Hay una urgencia que atraviesa "Primera danza, the freak show", una urgencia que parece habitar directamente en el tejido muscular de quienes están en escena. No es solo danza: es la declamación física de un autosometimiento elegido. El cuerpo como herramienta, como límite, como campo de batalla.
La obra parte del encuentro con esos propios límites y los convierte en motor de acción. Ahí aparece también una tensión inevitable, la denuncia de una pertenencia forzada conviviendo con un amor incalculable por hacer exactamente eso que se hace. Bailar. Persistir en el gesto incluso cuando el cuerpo acusa el desgaste.
Sumamente contextualizada en su coyuntura y en su propia existencia como grupo, esta necesidad que se viste de obra encuentra su canal en una catarsis colectiva. No hay una narrativa lineal que ordene lo que sucede, hay pulsión vital y compartido. Un grupo que, en escena, se encuentra para exponerse sin filtros.
Con una especie de claridad oscura sobre su propia condición, juegan, se enfrentan, ríen y bailan una sucesión de situaciones reiteradas vívidas, por vivir e imaginadas. Esa repetición no agota, al contrario, intensifica. Cada vuelta agrega una capa de experiencia y vuelve más evidente la entrega total que propone la obra.
Acá se luce el grupo. No desde la individualidad virtuosa, sino desde la exposición colectiva. Oxígeno, intimidad, deseo y una hermosa dependencia, circulan entre los cuerpos. Hay algo profundamente humano en esa necesidad compartida de sostenerse en el desamparo unos a otros mientras el movimiento insiste.
La dirección de Leticia Coronel hace visible ese entramado. Entre lo espectacular y lo necesario, construye una puesta que parece divertirse de sí misma mientras deja ver algo más profundo, una lucha constante entre la necesidad de pertenecer y el impulso de escupir esa pertenencia cuando se vuelve limitante.
"Primera danza" no se agota en la idea de espectáculo. Se expone, se evidencia, insiste en existir. Porque parece no tener otra opción. Si pudiera no hacerlo, probablemente no existiría esta obra.
El elenco, en su diversidad, encuentra una fuerza unánime. Una auto-construcción que rompe moldes preestablecidos con un orgullo a la vista de todos. No hay intento de encajar en formas heredadas, más bien se las desborda. Se perforan modismos obsoletos y se construye un lenguaje propio que abraza a un colectivo de creadores decididos a inventarse mientras bailan.
Y en el fondo late una certeza simple pero poderosa: hay cosas que, una vez aprendidas, nadie puede quitarnos. A ellos les enseñaron a bailar, y ese conocimiento en el cuerpo se vuelve una forma de libertad invaluable.
