Todos los días desde ese día - de Lucila Garay, en Timbre 4

Es complejo abordar este material escénico. No por lo escénico en sí, sino por lo que activa. Como en todos los trabajos de Lucila, hay un zoom minucioso sobre tejidos sociales rotos, hábitos patriarcales enquistados y experiencias que, en un mundo más justo, no deberían transitarse. Éste afortunadamente no es la excepción. La obra no entrega los hechos en bandeja. No hay reconstrucción lineal ni subrayado moral. Se mueve con ambigüedad, dosificando información y retratando cada paso y cada paso en falso de una construcción que atraviesa el shock, la seducción, la pasivo-agresividad, la violencia, la venganza y una posible justicia. La puesta funciona como una vitrina. Una exposición precisa de un suceso tan habitual como dañino. En esa cotidianidad no estamos frente a lo extraordinario sino frente a lo sistemático o sintomático. La obra recorre la vida de una mujer que durante casi veinte años permanece viviendo una condena impuesta. Pero lo más inquietante es cómo interpela. Al menos, en mi caso, como varón. Porque no señala con el dedo, desnuda mecanismos más sutiles; el olvido conveniente, la negación estratégica, la minimización, la pretensión de comprender desde un único lado (casualmente el nuestro) con excusas que se reciclan: el paso del tiempo, “el contexto”, el alcohol, la confusión, los malentendidos. Artificios elocuentes y socialmente avalados que sostienen lo insostenible. Un dispositivo cotidiano que se convierte en campo de batalla emocional y político. Las actuaciones están ajustadas a un realismo logrado, sin estridencias ni acentuaciones innecesarias. La naturalidad de los tiempos es parte fundamental del relato, las pausas, los silencios, las respuestas que tardan apenas un segundo más de lo esperado construyen una verdad escénica ambivalente y precisa. Lo no dicho y las expresiones sutiles se acumulan sin identificarse. Miradas que esquivan, gestos mínimos, tensiones apenas perceptibles que se sostienen en el aire hasta que, inevitablemente, colapsan. Y cuando lo hacen, el estallido resulta efectivo y orgánico, consecuencia directa de todo lo que fue contenido. Hay una inteligencia actoral que administra este desmembramiento por capas con enorme precisión. La tensión se construye y se sostiene. Y en ese recorrido aparecen zonas incómodas de comprender porque el hecho de que ciertas actitudes existieron no implica justificarlas, pero sí obliga a mirarlas, asumirlas y hacerse cargo. La obra es simple en su forma. Y esa simplicidad es profundamente ética. Porque abordar una complejidad tan total sin caer en el amarillismo, sin explotar el dolor como espectáculo, requiere una decisión clara y una mirada madura. "Todos los días desde ese día" no busca el impacto fácil, expone con responsabilidad. Si el teatro todavía tiene sentido es para ésto, para hacernos responsables de lo que vemos, de lo que callamos y de lo que sostenemos sin darnos cuenta.