Un tiro cada uno - de Laura Sbdar y Consuelo Iturraspe, en Timbre 4

Hay en "Un tiro cada uno" un trabajo de precisión poco frecuente en la ética desde donde decide pararse. Abordar un femicidio como eje sin poner lupa en el dolor, sin subrayados ni golpes bajos, es una decisión que marca el pulso de toda la obra. En este punto radica gran parte de su potencia: en cómo dice, más que en lo que dice. Laura y Consuelo construyen un dispositivo muy inteligente, donde el foco se corre del hecho en sí para posarse sobre aquello que lo habilita: el comportamiento, la repetición, la naturalización. Desde un código reconocible (ese “chabón típico” que circula sin cuestionamientos) la obra abre un espacio donde la risa aparece como síntoma del reflejo. Reírse de esa estupidez estructural implica también reconocerse en ella. Las interpretaciones de Camila, Carolina y Fiamma son de una dimensión enorme. Hay algo quirúrgico en cómo cada gesto, cada inflexión, cada silencio está puesto en función de ese estudio de comportamiento que propone la obra. No hay exceso, no hay caricatura, hay construcción totalmente verosímil. Y en esa construcción aparece lo más inquietante, porque los personajes no son ajenos, no están lejos. Son reconocibles. Son posibles. Son, en algún punto, propios. La puesta acompaña desde una austeridad muy bien entendida. Todo lo que está, está porque es necesario. Esa economía potencia el material y evita cualquier distracción. Lo que importa es lo que se expone, y eso se sostiene con una claridad contundente. Hay en la obra una especie de disección del prototipo masculino. Tres representaciones que, sin exageraciones, sin forzar lecturas, invitan a pensarse. No desde un lugar moralista, sino desde la evidencia. ¿En qué momento fuimos eso? ¿En qué momento seguimos siéndolo? La incomodidad se filtra. La dirección y el elenco logran algo difícil: hacer de un tema urgente una experiencia escénica que no clausura en la denuncia, sino que abre reflexión. No hay pedagogía, no hay concesión: hay exposición. Y eso alcanza. Si algo deja claro "Un tiro cada uno" es que no se trata de hablar de lo que pasó, sino de entender por qué sigue pasando. Y en ese gesto seco, directo, sin ornamentos, la obra encuentra un lugar muy inteligente y sensato: no como representación del horror, sino como señalamiento de todo aquello que lo sostiene.