Yago lo hago yo - Versión y dirección de Melisa Hermida, en Timbre 4

Hay algo profundamente estimulante en "Yago lo hago yo", una decisión clara de desarmar un Shakespeare y volver a armarlo sin pedir permiso. No desde la irreverencia vacía sino desde una necesidad concreta de actualizar, tensionar y hacer dialogar ese material con un presente que exige nuevas formas de decir. La obra funciona como un dispositivo en permanente mutación. Un entramado donde conviven capas que se pisan y se potencian: el detrás de escena de una compañía, los mecanismos de producción en el circuito independiente, la fragilidad de los egos, la manipulación afectiva, las dinámicas de poder y una masculinidad que aparece expuesta en sus fisuras. Todo eso se entrelaza con una mirada directa sobre el consumo, las condiciones laborales y la necesidad constante de adaptarse para existir en el medio. En ese “todo” que propone la obra no hay dispersión, hay acumulación. Un andamiaje que parece caótico pero que encuentra su lógica en el propio desborde. La escena se construye y se desarma frente a nuestros ojos: obra en proceso, proceso como obra. Y en esas transiciones aparece una exposición auténtica que no elige el artificio sino que se vuelve uno. El humor irrumpe como estrategia y como lenguaje: desde lo absurdo, desde lo más real e incómodo, desde lo inesperado y sumamente natural, lo políticamente incorrecto, coyunturalmente agudo y envalentonado de límites. Hay momentos que se sumergen en el delirio y otros que bajan línea sin vueltas. Cumbias que tensionan un canon europeo, guiños al propio campo teatral, verdades dichas con una liviandad que no les quita peso. Todo configura una experiencia que oscila entre la ironía y la violencia con una eficacia notable. Las actuaciones son uno de los grandes aciertos. Hay una versatilidad arriesgada, una capacidad de mutar constantemente sin perder el eje. Cada intérprete abre puertas a nuevos mundos dentro del mismo mundo, sosteniendo un ritmo exigente y una energía que no decae. Pero lo más potente es lo colectivo, un elenco inmenso, el grupo numeroso se impone como organismo, como fuerza que trasciende individualidades y se apropia del espacio con decisión. La obra también habla del presente. De las condiciones de producción, de lo que implica sostener una práctica artística hoy, de lo que se negocia y de lo que no. Y lo hace sin esconder, con una exactitud llamativa, y a la vez celebra la posibilidad de seguir haciendo. "Yago lo hago yo" es, en definitiva, un desorden lúcido. Un caos organizado que encuentra en su propia inestabilidad una forma de dar en la tecla. Una obra que se permite todo porque entiende que, para hablar en serio del presente, a veces hay que romperlo todo primero.