La imaginación enferma - de Marcelo Savignone, en Teatro del Pueblo

Hay algo deliberadamente inestable en "La imaginación enferma". Como método. La obra se presenta como un campo de batalla interno, un sistema en tensión que parece saber con claridad de dónde viene ese teatro de tradición, de forma, de herencia, pero que se resiste a seguir yendo hacia el mismo lugar. O, mejor dicho, que decide dinamitar ese destino. El material propone un desequilibrio medido, una maquinaria escénica que desarma mientras construye. Aparece el motor profundo de la obra en la necesidad de correrse de un teatro burgués, de sus lógicas de consumo, de sus modos de representación domesticados. Como práctica, como riesgo. En ese entramado, las referencias no funcionan como citas decorativas sino como fricción. La Divina Comedia, Papá Noel, Henrik Ibsen, Friedrich Nietzsche, Coca-Cola y William Shakespeare aparecen entreverados en una especie de collage crítico donde lo canónico, lo filosófico, lo popular y lo mercantil conviven sin jerarquías estables. Esa convivencia busca tensión. Y en esa tensión se evidencia una pregunta insistente ¿qué hacemos hoy con todo esto que se hizo? La obra no responde de manera lineal. Ensaya. Prueba. Se contradice. La asociación libre aparece como motor de pensamiento y la repetición como acumulación de sentido o de sinsentido que va desgastando las formas conocidas. Lo que emerge es un teatro que se piensa a sí mismo mientras sucede, que discute sus propios límites y que, en ese proceso, expone las estructuras que lo sostienen. Hay un trabajo físico y coreográfico que acompañan esta lógica: cuerpos que mutan, que responden a impulsos cambiantes, que no se fijan en una única forma. La escena se vuelve un espacio de negociación constante entre lo que se quiere decir, lo que se puede decir y lo que el dispositivo permite. Y ahí, otra vez, aparece la crítica: no solo al teatro como institución, sino al mercado que lo condiciona. Marcelo Savignone y la compañía construyen un torbellino intelectual que no teme volverse incómodo. Hay una denuncia clara, pero también una celebración del intento. Porque en ese caos organizado, en ese desorden lúcido, hay una voluntad persistente: dejar de repetir. O al menos, dejar de repetir sin conciencia. "La imaginación enferma" no busca complacer. Tampoco cerrar. Se instala en la pregunta y la inquietud de cómo hacer algo nuevo sin negar todo lo anterior, pero sin quedar atrapado en sus formas mas clásicas ¿Cómo escapar de un teatro que ya sabe cómo funcionar para inventar otro que todavía no tiene nombre? Y en ese intento brillante, excesivo, encuentra su razón de ser.