Mi joven vida tiene un final - de Pablo Rotemberg, en Centro Cultural Borges

Hacer del universo propio una carrera artística es, para cualquiera, un riesgo. Pero en el caso de Pablo Rotemberg, lo que aparece con los años es otra operación: hacer de su carrera un universo en sí mismo. Un sistema reconocible, en expansión, que no deja de volver sobre sus propias marcas para tensarlas, deformarlas y, sobre todo, exhibirlas. En "Mi joven vida tiene un final" ese gesto se radicaliza. La escena se convierte en un espacio donde los límites entre lo vivido, lo deseado y lo imaginado se vuelven difusos, armoniosa y maníacamente. No hay intención de ordenar ese material, al contrario, hay una decisión clara de exponer cómo se percibe y, al mismo tiempo, cómo jugando hubiera querido que todo fuera. Y en esa fricción aparece una verdad, lo que incluso en su crudeza, también es materia escénica. Rotemberg habla de sí, siente desde sí, ejecuta desde sí. Toca el piano, baila, se desplaza con esa mezcla de precisión y desborde que ya es parte de su lenguaje y único registro. Pero esta vez hay algo más: el tiempo. Su propio tiempo puesto en escena como material sensible. La figura de Norma Judith Desmond aparece como un dispositivo que le permite correrse apenas de sí mismo para, paradójicamente, exponerse aún más. Norma Desmond no funciona únicamente como referencia cinéfila dentro del universo de Pablo Rotemberg, sino como máscara y espejo a la vez. Es decir: no la usa para representar a “otra”, sino para decirse sin decirse directamente. La retrospectiva es tan genial como delirante. Hay en su trabajo una insistencia que se vuelve marca registrada, una relación rara, casi íntima, con la violencia; un humor filoso que no busca complicidad fácil, la tiene dada, una construcción del deseo que no se estabiliza nunca. Todo eso vuelve a aparecer, pero no como repetición, sino como variación consciente de un mismo pulso. El trío que completa con Valentín -Norma uno- y Ezequiel -Norma dos- no funciona como acompañamiento, sino como expansión. Sus presencias abren el juego, rompen el ensimismamiento y permiten que ese “universo Rotemberg” respire en otros cuerpos. Hay algo en la singularidad de esas corporalidades en lo que portan, en cómo lo portan, que vuelve más accesible una poética que, por momentos, podría volverse hermética. Lo que sucede en escena tiene algo de proeza, pero nunca se apoya en eso totalmente, o sí pero jugando un desprestigio retórico. Hay técnica, claro, pero lo que predomina es una entrega sin resguardo. Una decisión de exponerse incluso en lo convencionalmente incómodo, en lo excesivo, en lo que podría no cerrar como argumento. Y, sin embargo, ahí aparece el sentido. Pablo. Pablo. Pablo. Porque si algo logra "Mi joven vida tiene un final" es sostener una paradoja: reírse de lo que hace sin quitarle peso. Entender que el gesto es serio, incluso cuando se desarma. Que el recorrido importa, aunque se fracture. Y que, en ese insistir sobre sí mismo, lo que se construye no es sólo una obra más, sino una reafirmación: el universo sigue creciendo, porque no puede hacer otra cosa.