Proyectos no alcanzados - de Gustavo Tarrío, en Arthaus

No es, en rigor, una obra sobre proyectos inconclusos, o no solamente. Lo que se pone en juego es algo más pragmático, la evidencia de que una vida está hecha, en gran parte, de aquello que no llega a realizarse y que, sin embargo, eso también organiza, define, deja marcas y señala las opciones y decisiones en la vida. En escena, eso toma la forma de un auto-rebobinado. No solo como ejercicio nostálgico, sino como procedimiento. Volver atrás para ver si ahí, en la acumulación de registros, aparece un sentido que antes no estaba. Horas y horas de archivo filmado desde una primera cámara, casi como impulso vital, vicioso, constante, que se convierten en el verdadero sistema de la obra. Ilustran y estructuran. La imagen no acompaña al relato, es el relato en casi toda la obra, aunque ésta necesite el complemento de la escena, ya que no es un video en sí. Lo que se arma entonces no es una narración lineal aunque cronológica, sino una deriva de fragmentos. Escenas breves, reconstrucciones, momentos que no buscan completarse necesariamente, o más bien el objetivo es sin saberse, completarse. Como si la obra entendiera que no hay totalidad posible y que, en todo caso, lo interesante está en cómo esos restos dialogan hoy en la decisión de mirar hacia atrás y montar este ensayo escénico en forma de obra. Ahí aparece algo inesperado: lo íntimo empieza a volverse compartido. La vida de Gustavo Tarrío con sus desplazamientos, sus contextos, sus decisiones y acciones dejan de ser un caso particular y empieza a resonar en una zona más amplia por identificación directa, por acumulación. Porque en ese archivo también se cuela una época: la homosexualidad en otros marcos, otra crisis económica, la televisión como espacio de aparición temprana, cierta intuición de estar viviendo en los bordes antes de que esos bordes tuvieran nombre. La obra, en ese sentido, tampoco termina de definirse en un formato. Se comporta como un monólogo asistido, pero enseguida desborda esa categoría. Hay algo de conferencia, de biodrama, de performance, incluso de musical. No como mezcla caprichosa, sino como necesidad: ningún lenguaje por sí solo alcanza a contener lo que se quiere ordenar. La forma, igual que la memoria, se deforma, transforma según orden y objetivo. Este conjunto es una de todas esas combinaciones. Y en ese “asistido” aparece una clave. Porque si bien Tarrío es el eje, el dispositivo es, en realidad, triangular. Pablo Rotemberg -ex pareja y también intérprete- introduce una energía que desestabiliza: hay en él una demencia lúcida, una honestidad sin filtro, una tracción a sangre que empuja la obra hacia adelante. No padece el pasado, lo vuelve a poner en conflicto y tuerce en sí lo que parecia el ejercicio/obra. Violeta Tarrío, -su hija e intérprete- opera en otra frecuencia. Su presencia es de una organicidad poco común: no hay impostación, no hay gesto sobreactuado. Aparece como un cuerpo que equilibra, que ordena, que vuelve habitable lo que podría desbordar. Al mismo tiempo tanto el entendimiento con su padre como la costumbre de convivir con Pablo no solo aportan al relato, sino al funcionamiento mismo de la escena; mientras que Gustavo, en el centro, articula esas fuerzas con un humor persistente, casi como mecanismo de supervivencia o defensa. Hay en él una tranquilidad inquieta, una audacia que por momentos se vuelve un personaje caricaturesco, como si también se estuviera observando a sí mismo en ese proceso de revisión. Podría pensarse que la obra intenta saldar cuentas, cerrar algo. Pero no es exactamente eso. Más bien se trata de exponer el recorrido, de reorganizarlo sin modificarlo, sabiendo que esto es imposible y la conclusión es aceptar que no todo necesita resolverse para adquirir sentido. Queda, flotando, una idea que no se enuncia del todo pero insiste: que lo no alcanzado no es un resto fallido, sino una forma activa de la experiencia, que también construye identidad, que también deja huellas y que, a veces, incluso más que aquello que efectivamente ocurrió.