Apenas en la tierra - de Sofía Brihet, en Casa Teatro Estudio

Hay obras que avanzan desde la acción y "Apenas en la tierra" avanza con claridad desde el pensamiento. Desde esa maquinaria agotadora e inevitable que intenta comprenderlo todo incluso cuando comprender deja de ser un alivio y empieza a convertirse en un callejón sin salida. La obra trabaja sobre ese delgado pero nítido borde, el lugar donde pensar demasiado ya no ordena el mundo sino que lo desmiembra. Y, sin embargo, hay algo tan humano en insistir por ahí, por donde no sirve pero el impulso es tan placentero como devastador. En seguir buscando sentido aún cuando el cuerpo, los vínculos o el propio lenguaje parecen quedarse cortos para abarcarlo todo. Sofía Brihet escribe desde una precisión extraña, casi contradictoria. Como si la ambigüedad estuviera cuidadosamente calculada. Las palabras nunca terminan de cerrarse del todo, pero tampoco se dispersan. Se sostienen en un estado de transformación constante donde las ideas mutan según quién las diga, cómo se escuchen o desde qué herida se las reciba. Hay algo muy delicado en la manera en que la obra construye angustia, imagen, contexto, acumulación, interpretación. Todo desde pequeños desplazamientos emocionales que parecieran mínimos hasta que, de pronto, el espectador descubre que está completamente atravesado por lo que sucede. Un nudo suave pero persistente. Una incomodidad sensible que no sé si busca comprensión, empatía o exponerse, y todas funcionan por igual. Las actuaciones sostienen ese clima con enorme inteligencia y detalle. Trabajan desde una vulnerabilidad muy dada, evitando cualquier exceso solemne. Todo parece suceder apenas corrido de eje, como si los cuerpos estuvieran intentando convivir con una sensibilidad demasiado despierta para el mundo que construimos o que habitan. Y en esa imposibilidad de dejar de sentir, incluso cuando sentir demasiado duele, está el mayor regalo de la obra. Visualmente, la puesta encuentra una síntesis muy lograda. La imagen cambia sutilmente en una constante sin volverse ni aparatosa ni, curiosamente, repetitiva. Hay una renovación permanente de la sencillez. Cada decisión escénica parece pensada para acompañar estados internos más que para ilustrarlos. Y eso vuelve al espacio una extensión mental, un territorio donde la percepción también se vuelve inestable. "Apenas en la tierra" tiene una búsqueda singular, cautelosa y asombrosamente lograda desde desconocer qué hay detrás de tanto pensamiento. Se queda orbitando alrededor de preguntas que probablemente no tengan solución en razonamientos. Cómo convivir con el exceso de conciencia. Cómo seguir habitando el cuerpo cuando la mente no descansa. Cómo hacer del pensamiento algo compartible y no únicamente una forma de aislamiento. Entender que, aunque nadie pueda explicarle del todo a otro cómo piensa o cómo sufre, todavía existe la posibilidad de acompañarse en esa incertidumbre.