Caranchas - De Alejandro Urdapilleta, con dirección de Francisco Barral y Lurdo Togneri, en Área 623
Es una obra que se mueve en un territorio donde el exceso es lenguaje y donde el mal gusto, la crueldad, el brillo artificial y la necesidad desesperada de pertenecer funcionan como retrato social sin buscar caer bien. Lo que aparece en escena no es solamente una galería de personajes deformados, ultrajados y poderosamente mersas: es una época entera empujándose para no verse al espejo por miedo al qué dirán.
Traer hoy un texto de Urdapilleta tiene algo más que nostálgico o revisionista, es una decisión política muy acertada en volver sobre ese universo de los años 80/90 para hacerlo dialogar con un presente que otra vez parece fascinado con la superficie, la apariencia y la violencia disfrazada de éxito. En "Caranchas", ser importa menos que parecer. Y esa lógica miserable atraviesa todo: los vínculos, el deseo, la ambición y hasta la propia identidad confusa y social.
La dirección de Francisco Barral y Lurdo Togneri entiende perfectamente ese mecanismo, hacen de la saturación una poética en sí misma y ensimismada. Cada escena parece estar al borde del derrumbe, pero en verdad es el mismísimo derrumbe ocurriendo. Hay una construcción visual y energética que permanece y que encuentra en el post-glam, lo kitsch y lo decadente, una forma de leer una sociedad rota, desesperada por seguir brillando incluso mientras se hunde.
La puesta trabaja desde el impacto crudo visceral pero a su vez sin ir al hueso, más bien a una ridiculez graciosa que cuela el claro mensaje desde la risa y la aprobación. El diseño lumínico, el vestuario, la acumulación escénica y el comportamiento corporal construyen cuadros excesivos que parecen salidos de situaciones bien berretas y febriles. Todo reluce un poco demasiado. Todo está corrido, desbordado trazando una realidad tan ajena como visiblemente próxima. Comprender que esa exageración no es caricatura sino un documento emocional de una clase media aspiracional, devastada y todavía convencida de que la salvación está en sostener la pose.
El elenco sostiene esa maquinaria con una entrega feroz. No hay pudor en el ridículo ni miedo a la deformación. Las actuaciones encuentran algo muy valioso en divertirse profundamente con lo que hacen sin abandonar nunca el filo trágico del material y permitiéndose licencias que mejoran notablemente la experiencia.
Porque debajo del delirio, del humor y de la adrenalina constante, lo que late es una tristeza enorme. Una necesidad brutal de aceptación. De ser visto. De no desaparecer.
"Caranchas" entiende que la marginalidad no vive afuera del sistema y que muchas veces es producida por el propio deseo de pertenecer a él. Y en ese sentido, la obra no habla solamente de otra época. Habla de esta. De una actualidad que vuelve a maquillarse para esconder la intemperie.
