"El amor es un bien" que no termina de acomodarse, como si buscara reordenar el tiempo y hacerlo convivir todo junto: pasado, futuro y un presente que no se siente como tal sino como estado constante. Un presente espeso, cargado de herencias que no terminan de procesarse.
En Carmen de Patagones, ese territorio que parece -desde acá- lejos, arma un entramado donde todo coexiste: la disfunción familiar, la hipocresía, ciertos restos de idealismo y una dependencia química que ya no se esconde, apenas se sabe administrar. No intentan la corrección, sino una comprensión que pareciera alcanzable hasta que no.
La obra absorbe su tiempo, deja que las posiciones ideológicas choquen entre sí con naturalidad y argumentos actuales tristemente visibles, que las tensiones sexuales aparezcan sin mayor disimulo y que algo más filtre esa mediocridad que es consecuente con toda esta mezcla. Ocultar el deseo, sostener vínculos por inercia, acompañar a alguien no por amor sino por haber sido elegido alguna vez, dinamitan cualquier relación con el bien del amor.
La puesta, austera (con el público rodeando la escena) impone una cercanía singular en cada espectador. No hay lugar para sentirse fuera de esta controversial intimidad. Las muy buenas actuaciones trabajan con una dirección que evita cualquier tipo de embellecimiento de sus propios sucesos. Se meten en la fragilidad de un reencuentro complejo que fuerza un cotidiano. Fricciones y desajustes que no parecen graves pero que, acumulados, terminan por torcer una o más vidas.
La referencia a "Tío Vania" no es adaptación literal, sino un eco actualizado a nuestra tierra y coyuntura. Está en el clima, en el desgaste, en esa sensación de que el tiempo pasa sin avisar. De que lo importante no sucede en grandes eventos, sino en la acumulación de lo que no fue. Y cuando algo finalmente se desmorona, lo hace en un goteo constante, torpe, profundamente inevitable. El amor, en esta obra, no aparece como una salvación ni como promesa. Tampoco como falta. Aparece tergiversado. Como si quisiera no ser necesario, como si pudiera correrse del medio. Y sin embargo, todo vuelve ahí. Porque los vínculos lo sostienen, lo deforman, lo convierten en otra cosa.
En ese descuido social, el amor deja de ser una abstracción para volverse casi un objeto. Algo que circula, que se intercambia, que se regula como valor, más bien, un bien. Con valor de mercado y como todo bien, entra en crisis, se vuelve difícil, complejo o inalcanzable. Se lo nombra, se lo ejemplifica, parece tangible… pero siempre se escapa un poco.
La obra es una vidriera a estas tensiones contradictorias propias de la humanidad. Las deja ahí ser y que el espectador reciba en su reflejo, se encuentre, se espeje, abrace y/o rechace, porque es parte de este amor inconfundible.
