Esta historia está re buena - de Los Pipis Teatro, en Ciudad Cultural Konex

Hay algo muy interesante en revisitar una obra cuando quienes la hicieron ya no son los mismos. Porque cambian los cuerpos, las experiencias, el desde dónde, la escena o la misma motivación de hacerla, y cambia también la lectura que se puede hacer de ella. En el marco de "Revisitaciones", Los Pipis vuelven sobre materiales anteriores a su consolidación escénica y, en ese regreso, aparece algo muy valioso que es mostrar la posibilidad de ver el germen de su actualidad. "Esta historia está re buena" funciona como antecedente y como evidencia. Como una obra donde ya estaban latiendo muchas de las búsquedas que después se volverían el sello: el compromiso físico extremo, la velocidad verbal, el desborde emocional, la necesidad de narrar mientras sucede y de hacer del propio mecanismo algo visible, potente y todo público. Pero hay algo distinto acá. Y quizá tenga que ver con la presencia de Leticia Coronel. La obra parece moverse entre dos energías similares que se potencian. Por un lado, esa maquinaria física y discursiva tan propia de Fede y Mati; por el otro, una fisicalidad más abstracta, más vinculada al cuerpo como estado antes que como representación. El encuentro entre ambos mundos genera un lenguaje muy singular abriendo al "universo pipi" una consigna mas radical. Comparten motor, intensidad y entrega, pero distan en el modo de acercarse al drama. Uno parece empujarlo desde el exceso estético; el otro, desde una disponibilidad más sensible y radical. La dirección articula esas tensiones con mucha inteligencia. Nada queda librado al caos aunque la obra trabaje constantemente al borde de él. Hay una construcción coreográfica muy intensa que sostiene la adrenalina de la escena y permite que la intensidad no se desgaste en este bucle tan pipi de reincidencia física. El vértigo acá es el ritmo ensimismado. Y en medio de toda esa energía aparece la adolescencia como territorio desmedido, la sexualidad, el ridículo, la incomprensión, las fantasías sobre lo que tendría que haber pasado. La obra revisa ese pasado sin castigo donde incluso los momentos más exagerados esconden una verdad emocional enorme. Crecer también es eso: construir catástrofes íntimas alrededor de cosas que quizá nunca ocurrieron. La forma de contar es parte fundamental de la experiencia. Decir mientras se hace. Narrar la acción al mismo tiempo que sucede. Generar una especie de simultaneidad entre pensamiento, cuerpo y lenguaje que obliga a una atención vertiginosa. La palabra se acelera, se acumula, se contradice, se ríe de sí misma y aún así nunca pierde claridad. Hay algo muy claro en esa necesidad de explicarlo todo mientras todo pasa. Entender que la intensidad adolescente no es un estado pasajero sino una forma de percepción, pareciera ser una de las premisas. Una manera de sentir que todo puede ser definitivo aunque dure apenas un instante.