Una obra que se atraviesa. "La papa" se instala en ese lugar, como un ejercicio de autocuestionamiento. Invita a revisar prejuicios, a correrse de lugares cómodos, canónicos, preestablecidos o heredados y, sobre todo, a detenerse en algo que suele operar de fondo: la creencia. El acto de fe como práctica cotidiana, como estructura social, como algo que hacemos o heredamos incluso sin advertirlo.
Lo que Natalia Slovediansky pone en juego parte de un material íntimo y profundamente personal, pero si bien es el motor, no es la razón; lo expanden al modo que a cada uno le llegue. Lo abre hacia zonas donde empiezan a aparecer contradicciones, necesidades, incongruencias y también algo aún más incómodo que la contradicción misma, que es la irracionalidad que muchas veces sostiene aquello que creemos más lógico.
El relato se presenta con una apariencia simple, casi demasiado accesible. Pero esa claridad inicial es, en realidad, una estrategia. Desde ese código cercano, la obra se permite avanzar con precisión hacia preguntas más profundas. Deja sobre la mesa esos núcleos cruciales que suelen estar en el centro de cualquier choque cultural.
Hay una decisión muy lúcida en no dar por sentado nada sobre el judaísmo y sus categorías. Invitan a entrar incluso a quienes no tienen una experiencia directa con la colectividad. Y, al mismo tiempo, hay un posicionamiento claro: el de alguien que reconoce una herencia que no es neutra, que implica tensiones, incomodidades, incluso cierto padecimiento. Esa doble operación -acercar y problematizar- es uno de los grandes aciertos de la obra.
La dirección de Nicolás Salischiker trabaja con una sensibilidad fina ese equilibrio. Se mueve en una zona delicada, donde el humor puede ser una herramienta o una trampa. Reírse de, reírse con. Ese borde, siempre difuso, está cuidadosamente habitado. Y es ahí donde encuentra su tono: no banaliza, pero tampoco solemniza. Sostiene la complejidad sin perder cercanía.
En ese recorrido, lo religioso empieza a correrse de su lugar habitual para entrar en diálogo con otras formas de creencia. La pasión, el rito, la devoción incluso hacia un líder político o un club de fútbol aparecen bajo una misma lógica: la necesidad de pertenecer, de sostener algo en lo que creer. Sin jerarquizar ni ridiculizar, la obra acerca prácticas que suelen pensarse como opuestas y las pone a convivir en un mismo plano. Desde ahí se abre una pregunta sobre cómo habitamos aquello que no compartimos pero que también forma parte del entramado social.
Lo que aparece, en el fondo, es una pregunta que excede cualquier religión específica ¿qué hace que una práctica, ya sea fe, ritual, costumbre o creencia, tenga tanta fuerza colectiva? ¿Cómo esa misma fuerza puede, muchas veces, generar su contrario? La intolerancia como efecto colateral de lo que, en principio, busca sentido.
Es en esa convivencia donde la obra se vuelve particularmente interesante. Pensamientos, vivencias y prácticas no se ordenan de manera clara: se superponen, se contradicen, se tensionan. Y ese cruce aparece incluso para quienes están lejos de ese universo. Porque lo que está en juego no es solo una tradición, sino la forma en que cada uno se vincula con aquello que cree.
Hay un valor especial y cultural muy evidente en propuestas como ésta. No solo por lo que cuentan, sino por cómo lo hacen. Acercan, invitan sin condescender. Y habilitan un espacio donde la crisis no se evita, sino que se vuelve productiva.
"La papa" Hace algo muchísimo más interesante que buscar respuestas, formula preguntas que, una vez activadas, ya no se desarman tan fácilmente.
