Hay algo muy extraño y muy hermoso en "Prohibido matarse", nunca fuerza la profundidad sino que deja que ésta aparezca naturalmente, como si entendiera que ciertos temas densos como la muerte, la enfermedad, el miedo a lo irreversible, no necesitaran solemnidad para volverse inmensos. Una de las mayores virtudes del trabajo de Tomás Masariche es construir una obra que puede entrar en territorios emocionalmente ásperos, de forma suave y versátil.
Todo el tiempo conviven dos impulsos. Por un lado, una ternura muy concreta, sensible, divertida. Por el otro, una inquietud intensa que nunca termina de aflojar. La obra avanza justamente en esa tensión entre dos cosas que no suelen darse la mano.
Hay una inteligencia muy fina en cómo utiliza el humor, porque aparece como mecanismo humano, brota en cada oportunidad de forma ocurrente e inesperada.
En esa dosificación precisa, el absurdo empieza a convivir con algo profundamente doloroso o angustiante sin que ninguno de los dos pierda lo que es, pero dejándose llevar por un clima ameno.
La estructura parece relajada, incluso caótica por momentos, pero debajo hay una maquinaria muy calculada. Cada escena, cada deriva surrealista, cada desvío televisivo o metateatral está puesto al servicio de algo más; algo útil mas allá de exponer cómo una posible enfermedad reorganiza la percepción del tiempo, del cuerpo, de los vínculos y también del propio acto creativo.
La obra trabaja sobre el detrás del detrás del detrás, sobre eso que normalmente no se verbaliza hasta no poder seguir siendo ocultado: el miedo previo al diagnóstico, la ansiedad ridícula y devastadora que inventa futuros posibles, la manera en que la muerte aparece incluso cuando todavía no llegó. Y cómo esa sospecha modifica absolutamente todo. El amor, la familia, el trabajo, el deseo, el humor.
Las actuaciones son impecables justamente porque nunca buscan demostrar dónde están verdaderamente situados más allá del instante presente. Hay una naturalidad muy compleja de conseguir en el modo en que sostienen el delirio, el afecto y la angustia simultáneamente. Todo parece estar ocurriendo apenas un segundo antes de romperse.
Masariche encuentra una forma muy singular de hablar de la muerte sin volverla ni un símbolo abstracto ni un golpe bajo ni dramatizándola. La vuelve cercana, cotidiana. Incluso tierna por momentos. Creo que esa operación da la idea de que el verdadero vacío quizá no esté en dejar de vivir, sino en pasar la vida desconectados de ella.
"Prohibido matarse" toma materiales que podrían resultar incompatibles: televisión mediocre, angustia existencial, intimidad familiar, procesos creativos, humor absurdo, y los mezcla hasta construir una experiencia inesperadamente coherente y eficaz.
Como si en medio de todo ese ruido apareciera, de pronto, una pregunta muy simple y muy difícil ¿Qué hacemos realmente con el tiempo que tenemos?
