Chicos y chicas quieren rock - de Julieta de Moura, con dirección de Antonela Scattolini Rossi, en Teatro del Pueblo
Hay tragedias que parecen imposibles de abarcar porque cualquier intento de hacerlo corre el riesgo de reducirlas a hechos fragmentarios. "Chicos y chicas quieren rock" encuentra una salida muy inteligente a ese problema: no intenta reconstruir el acontecimiento. Observa y muestra lo que dejó.
La obra desplaza el foco hacia las secuelas, frescas y duraderas, dialogando con la situación más allá del hecho. Nos lleva hacia las ondas expansivas de un acontecimiento que modificó para siempre una generación. No pone el horror en primer plano, pero tampoco lo niega. Lo deja respirar detrás de cada escena, de cada silencio, de cada recuerdo compartido. Y justamente por eso su presencia resulta tan contundente.
Hay una reconstrucción muy precisa de una época. No sólo en sus referencias o en sus códigos culturales, sino en algo más difícil de capturar que es la dinámica de la amistad adolescente. Esa manera de vincularse donde conviven la torpeza, la intensidad, los proyectos, los deseos y la sensación permanente de que el mundo recién empieza. La obra encuentra esa frecuencia con una naturalidad notable y construye un viaje que se siente cercano incluso para quienes ocuparon lugares distintos frente a aquella noche.
Lo que aparece es un grupo de jóvenes intentando comprender algo que no debería haberles tocado comprender. Y en ese recorrido emergen preguntas mucho más profundas que la reconstrucción de los hechos: ¿cómo se sigue viviendo después? ¿Cómo se convive con una ausencia inesperada? ¿Cómo se reorganiza el mundo cuando aquello que parecía imposible, sucede? La obra se aproxima a esas preguntas con enorme tacto, sin respuestas cerradas ni grandes enunciados. Las deja existir.
La dirección de Antonella Scattolini Rossi entiende muy bien esa complejidad. No hace de la tragedia el centro absoluto del relato. Trabaja sobre una atmósfera que acompaña todo el recorrido. El resultado es una obra que reconstruye y que recuerda.
Las actuaciones son fundamentales para que ese equilibrio exista. Hay un compromiso enorme con el material y un riesgo constante en la exposición emocional. Sin embargo, nada aparece forzado. Cada intérprete parece comprender que está trabajando sobre una memoria sensible y colectiva, y esa conciencia se traduce en algo difícil, conmover, acercándose y acercándonos. La entrega es total, pero siempre al servicio de la experiencia compartida.
Hay algo muy sinceramente generoso en esa decisión. Porque la obra no busca apropiarse de una herida colectiva. Busca escucharla.
Quizás por eso funciona también como una conversación pendiente. Un espacio donde aparecen preguntas que siguen abiertas más de veinte años después. Qué pasó con quienes estuvieron. Qué pasó con quienes perdieron a alguien. Qué pasó con quienes sobrevivieron. Y también qué pasó con quienes, por azar o por una decisión mínima, no llegaron a estar.
En mi caso, fui uno de esos. Tenía entrada. Me quedé dormido.
Y quizás por eso encontré en la obra algo difícil de nombrar. No una respuesta ni una reparación. Apenas una zona común. Un lugar donde todo lo que parecía pertenecer únicamente al pasado vuelve a mostrar que sigue vivo en el presente.
