Hay algo muy inteligente en no intentar hacer del recital una escenografía, "Encender un volcán" pareciera ir por entender qué hace que un recital sea un recital cuando le quitás la música. O más bien descubrir que quizá nunca fue solamente la música.
La obra trabaja sobre esa energía previa, posterior y durante al acontecimiento, sin hablar pura y exclusivamente del recital sino de la experiencia humana que se vive. La espera, la ceremonia, el anecdotario, el recuerdo deformado por el entusiasmo, la épica exagerada de cosas que vistas desde afuera son mínimas pero que vividas se vuelven gigantes. Un encuentro, una frase, una canción, un viaje, una mirada. El corazón del recital como fenómeno afectivo antes que lo espectacular.
Se arma entonces una seguidilla de cuadros que reconstruyen en esencia algo más difícil: una forma particular de estar con otros, que genera revisionismos, relatos y momentos que aparecen casi como destellos. La obra va encontrando una manera sensible de hablar del acercamiento entre la ceremonia musical, los cuerpos y su devenir, del deseo de compartir una intensidad aunque sea breve.
Hay una decisión muy acertada en no romantizar completamente ese universo. Aparecen también ciertas revisiones sobre cómo habitábamos esos espacios, qué códigos heredamos y cuáles ya no queremos sostener. Como si la obra entendiera que la nostalgia no necesariamente tiene que ser conservadora de su propio folclore.
La experiencia termina siendo bastante envolvente. La puesta, el ritmo, los cuerpos y la circulación de la energía construyen algo que efectivamente recuerda al recital, pero sin teatralizarlo ni copiarlo. Más bien como si encontrara su esencia y la tradujera.
Y en esa idea aparecen pequeños eclipses de recuerdos propios y ajenos que terminan mezclándose. Como cuando uno sale de un recital y no sabe bien qué pasó exactamente, pero sí sabe que estuvo ahí con otros. Y que, por un rato, eso alcanzó para encender algo.
