Una mezcla principalmente audaz, valiente y amalgamada de manera especial con el espacio que habita: un local de ropa vintage.
Un biodrama ficcional, un desdoblamiento original y muy próximo al público que encuentra en esa cercanía una forma de volverse inevitable.
Narrar, hacer, revivir, contar, contradecirse, bailar, actuar. Pero principalmente liquidar un recuerdo y todas sus mudas de ropa.
"Liquidación total" es eso. En el local o en cualquier parte.
El trabajo que hace Eliana, al introducirnos en recuerdos cuestionados pero certeros donde construye su propio doble o el que necesite para avanzar, es notable. En Fiorella aparece una presencia en constante demolición y reconstrucción, una identidad que se acomoda según el relato y según la necesidad del momento con una soltura excepcional.
Hay algo muy genuino en el diálogo con el espacio. No pareciera una obra adaptada a un comercio sino una que encontró ahí una manera muy honesta de existir. La teatralización del local nunca aparece como recurso de extravagancia, funciona porque entiende que vender, exhibir, guardar, probarse o descartar también son operaciones muy cercanas al recuerdo.
Todo encuentra una armonía natural y una soltura envolvente donde las temporalidades variadas, las incógnitas y las razones profundamente universales se entrelazan dentro de un marco simple y efectivo.
La obra se disfruta a sí misma en el llanto, en la danza, en el recuerdo y también en la controversia de reconocerse reconociéndose.
Pareciera un retrovisor instantáneo que se divierte alterando sin mentir, reconstruyendo según la afectividad del momento y entendiendo que recordar no siempre es volver a ver, sino también volver a decidir.
El trabajo entero tiene una delicadeza muy singular: pierde, en el mejor sentido, lo delicado de hablar/se. Denuncia y entrega verdad, duela a quien le duela.
Un territorio político ganado desde la consigna y la fuerza de exponer la toxicidad social que todavía decide qué historias merecen quedarse colgadas y cuáles hay que liquidar.
