Mujer suspendida - de Carolina Sturla y Laura Eva Avelluto, en Teatro El Grito

Un laberinto emocional en "Mujer suspendida" se esconde en una maraña de pensamientos, acciones, recuerdos y conveniencias que se organiza alrededor de la figura de un reconocido artista plástico y, desde ahí, empieza a hacer algo bastante más incisivo: revisar todo eso que queda alrededor de una figura cuando la obra, la firma y el personaje se vuelven inseparables y difusos. El arte aparece como marco y como sistema. Las hipocresías, las falacias, los clichés y las contradicciones del mundo artístico se filtran en los vínculos, en las formas de hablar y en eso que cada personaje necesita sostener para evaluar/se. La crítica no parece estar depositada solamente en lo que se dice: está en la situación misma, en el contrato que los reúne, en las posiciones que ocupan y en la manera en que cada una participa de esa construcción de la exposición en cuestión. Las actuaciones tienen una singularidad preciosa. Hay algo simultáneamente minimalista y exagerado en la forma de habitar las escenas, como si pudieran acumular un peso mayor al que aparenta. La repetición encuentra una herramienta particular que vuelve sobre determinadas palabras, acciones o comportamientos hasta que empiezan a revelar otra cosa. La hija, la asistente, la ex-mujer y la terapeuta forman un entramado donde las tensiones sexuales, la adoración, la conveniencia y el afecto se mezclan dentro de una especie de acuerdo familiar. Cada una tiene una relación distinta con ese hombre que parece organizarlo todo incluso desde su ausencia. Y cuanto más se intenta comprender ese vínculo, más evidente resulta que también ellas necesitan de la figura que construyeron a su alrededor. Ahí aparece una de las preguntas más interesantes de la obra: ¿qué sabemos de los artistas que construyen grandes imágenes de sí mismos? La firma puede ordenar una obra, darle nombre, reconocimiento y valor. Pero detrás de esa firma existe una trama de personas, vínculos y relatos que rara vez forman parte de la imagen pública. "Mujer suspendida" se mete lentamente en esa zona inquieta e históricamente molesta, en la distancia entre el autor que conocemos y la persona que otros tuvieron que acompañar para que ese personaje pudiera existir. El título empieza entonces a tornarse hacia otra dimensión. Una suspensión que tiene algo de espera, de dependencia, de permanencia y también de identidad. El arte y la vida privada terminan mezclándose hasta volverse casi indistinguibles. El logro, la excentricidad, la adoración y la necesidad de mantener o cuestionar una figura pública forman parte de una misma maquinaria. Y en ese territorio la obra encuentra una forma muy particular de humor, tensión y crítica. Lo más interesante parece ser esa capacidad de hacer convivir lo que se muestra con lo que se oculta. Porque estos personajes parecen pasar buena parte de la obra intentando sostener un relato y, al mismo tiempo, revelándolo. Una especie de arte de fingir diciendo la verdad.